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Saliendo del Stop, un restaurante que vale la pena conocer |
Ya hemos comenzado la aventura, si se le puede llamar así. Cargamos las bicicletas y los bártulos en el coche y a las 10 y cuarto estábamos saliendo de Pontedeume haciendo un rápido repaso mental de las cosas que nos parecía importante que no se quedasen. No encontramos ninguna. Eso nos permitió dirigir la conversación hacia lo que nos esperaba, la etapa de hoy, la temperatura, los diferentes puntos del recorrido, los sitios en los que vamos a alojarnos, la añoranza de tantos fines de año pasados en Portugal con toda la familia cuando vivían mis padres y otra serie de temas. Se nos pasaron un par de horas rápido y casi sin darnos cuenta estábamos entrando en Portugal. Lo primero que hicimos fue acercarnos a la estación para saber qué trenes había para hacer el martes el regreso desde Porto y para enterarnos si habría alguna dificultad con lo de las bicicletas, que nos dijeron que no. Una vez solucionado el asunto nos dispusimos a comenzar la andadura. Nos pareció que un buen sitio para dejar el coche era la calle que sube a la fortaleza de Valenca, aparcamos a mitad de la cuestafrente a una fuente de piedra, bajamos las bicis, las montamos y engrasamos, les pusimos las alforjas y sin muchos preámbulos arrancamos. Ya teníamos ganas. Se nota. Las primeras pedaladas cuesta abajo y luego enfilamos la calle recta que nos sacaría directamente de Valenca hacia la N13. Una parada para los primeros ajustes, un ruidito que hace el freno de mi rueda delantera, el cuentakilómetros de Lola que no funciona porque la rueda está montada al revés y lleva el sensor en el lado contrario y alguna otra chuminadita más. Otra vez en marcha. Me siento a gusto pedaleando. La carretera no es nada especial, bien asfaltada, con arcén amplio, bastante plana y con algo de tráfico, pero soportable. Nos parecen muy cortos los cinco kilómetros hasta el Stop, el restaurante donde teníamos interés en comer. Está casi vacío. Es la una menos veinte, hora local (dos menos veinte en España). Pedimos el bacalhau a la brasa (13,50 €) con el que veníamos soñando (que nos da la sensación de que no está tan bueno como otras veces) y un arroz con carne (4,50 €) que nos parece realmente delicioso. Eso con una botella de agua y una cerveza pone finalmente la cuenta en 20,10 €. No tiene mucha gracia lo de ponerse de nuevo a pedalear con la tripa llena, pero se nos olvida al cabo de unos minutos. Nos paramos a preguntar en la recepción de un hotel si hay alguna carretera que nos permita hacer el recorrido hacia Cerveira en paralelo al río Miño. La chica consulta con varias personas y concluyen que no hay ninguna posibilidad. Retomamos la marcha y la carretera. Hacemos el recorrido sin percances.
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